Actualizado:Dom, 09/21/2014 - 23:58  

El caso Petro

El caso Petro

Por Juan Manuel López C.

Vale el título porque en lo que se refiere al actual Alcalde el interés ha ido –y puede que deba ir – más a la persona que a su gestión.

Lo que ha caracterizado su mandato han sido sobre todo los cuestionamientos y los enfrentamientos. Como es obvio, esta afirmación es parte de lo que se puede debatir, pero no parece merecer el desgaste. Lo aceptaremos como un ‘hecho notorio’.

Lo interesante es saber el ¿por qué?

Lo que concierne a los cuestionamientos nace directamente de los resultados. El informe de la Auditoría respecto a la ejecución de los programas mencionó que cumplidas más de las dos terceras partes del periodo iban en algo como el 48% de cumplimiento. Los programas ‘bandera’ como la recolección de basuras no solo fueron un fracaso sino que han puesto en apuros la misma situación del Alcalde. Otros como los subsidios y la unificación de  la organización del transporte han terminado en doble crisis, en la medida que ni se han logrado implementar a cabalidad, ni se ha logrado subsanar adecuadamente la compensación presupuestal. En la práctica, en el caso de las viviendas gratis se ha perdido la oportunidad y posiblemente los recursos que brindaban la ocasión para ser el modelo para el país, convirtiéndose en lo contrario, un vacío tanto para los programas del Ministerio como para el beneficio de los Bogotanos que las pudieran haber recibido.

Enfrentamientos sobran. Desde casos tan insólitos como el de convertirse en defensor de la suerte de los toros después de haberse enrolado en las filas para matar seres humanos, hasta desconocer la existencia del Concejo –legal o ilegalmente- para pasar los proyectos que éste no aprobaba. Los líos con todos los sectores afectados por las medidas del POT o del manejo de la Salud confirman una gran facilidad para tener –o buscar- más confrontaciones que consensos.

La supuesta explicación es que la orientación política –y en consecuencia, las medidas que se toman- chocan con los poderes que no admiten el cambio; que se está adelantando un gobierno de ‘verdadera izquierda’ que choca con el establecimiento de derecha.

Esta retórica parecería poder defenderse, de no ser porque se contradice con lo señalado arriba: por un lado la falta de resultados no permite sostener que en verdad algo se esté concretando más allá del discurso; por otro lado no se ven los beneficiados con estas actuaciones –o incluso al contrario, no aparecen sino perjudicados, incluyendo aquellos a quienes se esperaban dirigir las acciones (desde los transportadores hasta quienes calificarían para la casa gratis).

Lo concreto es que estamos ante un autócrata populista; es decir, ante un funcionario que no se reconoce como un mandatario –quien ha recibido un mandato de la ciudadanía y lo tiene que cumplir- sino como un gobernante que pone por delante sus convicciones –o sea un soberano-. Y populista en la medida que sus convicciones son solo deseos sin evaluación o análisis sobre su viabilidad -por supuesto con el deseo central de satisfacer las ilusiones del sector que le puede aportar respaldo-.

Pero si su vocación de guerrero y francotirador o fedayín lo promovió a un primer plano al enfrentar desde su curul de senador las fallas del sistema, eso no le ha dado las capacidades para volverse un buen administrador. Parece mantener la misma actitud, solo que desde el poder: busca con quiénes enfrentarse, calificándolos de opositores de lo noble que supuestamente él representa.

En general se le sindica de ególatra y prepotente en su manera de gobernar y probablemente es así... pero si la ciudadanía está pendiente de cuál será su suerte y si ha llegado a depender de cómo se pronuncia el Procurador o de la consulta por la revocatoria, no es por el tema de su orientación política ni por sus virtudes o defectos de personalidad, sino porque al mismo tiempo están en entredicho su respeto por la legalidad y su capacidad como administrador.

Lo grave es que enfrentamientos y cuestionamientos de todas maneras han causado daños. Al mal llamado 'progresismo' claro que están vinculados elementos valiosos; pero, al igual que con el Uribismo  algunos funcionarios han sido injustamente descalificados por su pertenecía o solidaridad con ese gobierno, el respaldo a los métodos cuestionables del Dr. Petro los identificará con ello y distanciará de quienes defienden los comportamientos acordes a las reglas democráticas y a la responsabilidad en la función pública. Y a la ética ciudadana porque arrastra detrás de esos métodos a quienes llegan a preferirlos y aprobarlos creyendo que los objetivos que se prometen ameritan caer en esas desviaciones.