Sorry, you need to enable JavaScript to visit this website.

Facebook icon
Twitter icon
YouTube icon
 
 
 

El URIBISMO PROPONE MÁS GUERRA

12 de marzo de 2017

 

El Senador Álvaro Uribe Vélez tiene una espesa capa de teflón que lo ha protegido de graves escándalos de corrupción, violación de derechos humanos, paramilitarismo y persecución a las Cortes. Mientras él habla duro y amenaza a todo aquel que lo critica o investiga, muchos de sus conmilitones y coequiperos están investigados, encarcelados o exiliados evadiendo la acción de la justicia.

Uribe fundó el Centro Democrático donde ejerce el poder con mano de hierro y es su voluntad la que guía los destinos de esa feligresía. Nadie tiene vida propia. Todos son títeres de sus designios. Ninguno tiene ideas propias, todos acatan las orden del jefe.

La democracia no es su centro, sino la obediencia a quien les entregó la credencial. Porque ninguno de los congresistas de ese partido de extrema derecha tiene votos propios suficientes para ser elegido. Todos recibieron su credencial en una rifa en la que Uribe premió a los más fanatizados con sus tesis de guerra total, populismo y revanchismo contra la justicia.

Del paso de ese partido por el Congreso solo queda la voz de Uribe enfurecido en la defensa de sus tesis, que son, en esencia, ataques virulentos, llenos de odio y revanchismo, contra el proceso de paz con las Farc. Es un partido que fracasó en su objetivo de aniquilar los acuerdos de paz.

Aunque tuvieron una diferencia pírrica a su favor en el plebiscito del 2 de octubre, no tuvieron el poder para impedir el avance de la paz en Colombia. Y los acuerdos finales llegaron, sí, con la inclusión de algunos cambios sugeridos por ellos, pero sin romper la columna vertebral de lo pactado en La Habana.

El acuerdo final firmado en el Teatro Colón, se dio en el marco de un país anestesiado por el clima de odio creado por el Centro Democrático. La mayor noticia del país en los últimos 52 años, fue opacada por el clima de pugnacidad creado por Uribe y sus buenos muchachos.

Los acuerdos se están cumpliendo a pesar de la improvisación del gobierno nacional, que ha sido incapaz de culminar el proceso de instalación de las Zonas Veredales de Transición y Normalización. Casi siete mil guerrilleros están concentrados en esas áreas, muchos en difíciles condiciones, demostrando su voluntad de honrar lo pactado. No ha sido un camino fácil, pero las cosas se están dando con el acompañamiento de la comunidad internacional y la efectiva presencia de la Fuerza Pública en esas áreas.

El fin del conflicto armado con las Farc ha permitido el surgimiento de una nueva agenda mediática, que está despertando a la sociedad civil y revitalizando a la opinión pública. La matriz de información que privilegiaba las noticias de la guerra ha dado paso a las denuncias ciudadanas sobre el estado de fetidez de la política y la administración pública.

La corrupción es hoy el eje del debate ciudadano. Y es ahí donde el Centro Democrático ha quedado atrapado sin que encuentre la puerta de salida. Un partido joven plagado de graves evidencias de un comportamiento histórico relacionado con la corrupción no tiene dudas. Las pruebas están a los ojos de todos. Los vínculos de muchos de sus dirigentes con el paramilitarismo, que erosiona la democracia en amplias zonas del país; su protagonismo en graves casos de violación de derechos humanos y corrupción. No son son simples rumores, sino verdades que hoy pesan como elefantes saltando en el techo del Centro Democrático.

Odebrecht es la cereza del postre. Pero el pastel está debajo. La campaña de Óscar Iván Zuluaga ha quedado aplazada indefinidamente. La de Iván Duque tambalea. Carlos Holmes Trujillo no convence. Uribe busca entre sus cartas figuras nuevas y propone a la veterana senadora María del Rosario Guerra de la Espriella, hija y sobrina de barones electorales de Sucre. Apellido simbólico que reune todo el pensamiento uribista.

Los colombianos le han declarado la guerra a la corrupción y le están pasando factura a los partidos políticos. Las encuestas muestran el desplome de todos los candidatos y el pesimismo colectivo sobre el futuro del país. ¿Alguién hoy duda de lo que se avecina? Unas elecciones de señalamientos de corrupción entre los candidatos, un tsunami de protesta social y ascenso de una nueva agenda ciudadana. El empoderamiento de los órganos de control en la tarea de desenmascarar a la clase política corrupta que se ha robado los recursos de la salud y la educación.

En ese torbellino el Centro Democrático parece un corcho en remolino. Naufraga su poder. Se desploma su catedral de odios. Se queda sin discurso. Se erosionan las banderas y la única apuesta del líder es proponerle al país más de lo mismo: un rosario de guerras y más, muchas más guerras sin estrella.

Las elecciones que se avecinan marcarán el inicio de la Colombia de la paz. Pero se necesita voluntad y claridad para entender lo que está en juego. El futuro es la guerra o la paz. Ya el país sabe quien es la guerra, ahora debe saber quién defenderá los acuerdos. Y ello dependerá en mucho de quien tiene la conciencia limpia y como ha sido a la corrupción. En la calle está la respuesta. el eco de la protesta social ya se escucha.